Durante todo el año la familia planea las vacaciones. Ir a la montaña, la playa, el campo o la sierra es cuestión de gustos y de ponerse de acuerdo. Elegir hoteles, alquilar cabañas, departamentos, casas... son los ofrecimientos que vienen desde afuera para poder optar. Posibilidades no faltan, y cada uno, en la medida de su presupuesto, optará por lo que más le guste y convenga.
Gracias al marketing por internet, las posibilidades se amplian. Planear un viaje, ya sea de vacaciones o no, se torna cada vez más fácil, dado que las ofertas abundan. Esto, por supuesto, si contamos con el dinero o la tarjeta de crédito disponible para usar y si no somos personas a las que las múltiples opciones las apabullan.
Todo parece estar muy lindo, y la palabra viaje o la palabra vacaciones, nunca tuvo sonido más agradable para nosotros que al ser protagonistas del evento. Pero dirijimos nuestra mirada un poquito hacia abajo... y nuestros ojos se posan en alguien más... ahí está él o ella... Con su carita ingenua y sus ojitos dulces nos mira sonriente como queriendo descifrar qué es lo que está sucediendo. Desde su inocencia parece decirnos : “¿Qué pasa? ¿hay algún problema?...”
Allí comienza la otra parte del viaje, la que no habíamos calculado, obnubilados como estábamos pensando en nuestro proyecto, se nos había escapado del plan el otro miembro de la familia. ¿Qué hacer? No es fácil decidir dónde lo dejamos. Muchos hoteles no admiten perros y si no vamos con auto la situación se complica un poco más, por el traslado.
Algunos optan por los lugares donde albergan perros en forma temporaria. Pero, por favor, pensémoslo bien, asesorémonos si ese lugar es un sitio digno para dejar a nuestro compañero, si va a tener el espacio, la comida y por sobre todas las cosas, la contención que necesita y merece.
Pensemos, en el mejor de los casos, que estos sitios pueden estar instalados bajo todas las normas de higiene, cumpliendo las reglas y con una excelente intención, en este aspecto, de parte de sus dueños. Pero lo que le conviene a nuestro perro lo tenemos que decidir nosotros mismos y no las “buenas leyes sanitarias”.
Analicemos la situación de nuestro animal. El o ella necesita sentirse como en casa. Ya bastante traumática es la separación, que ellos, en su mente canina, piensan que es definitiva; o como su concepto del tiempo es diferente al nuestro, pasan días y noches ansiosos esperándonos. Y la espera es una larga tortura...
No quiero, con esto, extender un manto de oscuridad a la alegría de las vacaciones, sólo pretendo que pensemos en todos los detalles, que miremos la situación desde la posición de nuestro perro, que por algo es integrante de la familia. Sería interesante, ya que no va a contar con nuestra presencia por unos días, que por lo menos quede en casa, donde están los olores conocidos, su espacio personal... y también convendría dejarle algún objeto nuestro, como una media o una remera vieja para que de alguna forma nos tenga con él.
Planifiquemos todo varios meses antes de viajar. Si el perro queda en casa, tenemos que tomarnos el tiempo de encontrar a “esa persona especial” que va a hacerse cargo de él, que lo sacará a pasear, le dará de comer, procurará que nunca le falte agua fresca, y, por sobre todas las cosas, que hará todo lo posible para que ese tiempo sea lo más llevadero para él, dado que es inevitable que nuestro perro nos extrañe. Por todo esto es importante que esta persona ya sea conocida por nuestro perro y aceptada como alguien familiar.
Si hemos agotado todas las posibilidades buscando entre vecinos, amigos, familiares, y esa persona no aparece, tendremos que optar por llevarlo con nosotros o buscarle el lugar apropiado dentro de ésos que hay en plaza. Esto toma tiempo porque, como dije anteriormente, debemos ver todos los detalles de ese lugar, teniendo en cuenta la felicidad y el bienestar de nuestro compañero por sobre todas las cosas.
Primero, elijamos “con sabiduría canina” el lugar apropiado, veamos en qué condiciones están los perros que habitan allí y tratemos de asesorarnos a través de otros, en lo posible que sean de nuestra confianza, que ya hayan vivido la experiencia de dejar a su perro en ese mismo sitio. Husmeemos y olfateemos como sabuesos antes de determinarnos por “el lugar”. Una vez elegido, es aconsejable que, antes de llevarlo, vayamos 2 o 3 veces a visitarlo con el perro, para que se familiarice con los olores y con las personas. Y cerciorémonos una y mil veces de cómo él va a estar allí. Llevémonos el número de teléfono y no dudemos en llamar desde donde estemos para saber cómo andan las cosas.
Y ahora relajémonos y miremos esos hermosos días de descanso que nos esperan. Disfrutemos en familia y repongamos fuerzas. Pero recordemos, por sobre todas las cosas, que a nuestro regreso alguien, moviendo la cola, nos espera ansiosamente. Y con una lamidita de bienvenida nos dirá: “Cómo te extrañé... pero, ¡qué suerte que ya estás acá...!
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lunes, 28 de enero de 2008
sábado, 29 de diciembre de 2007
De la Manada a la Familia
Fue hace muchos siglos atrás cuando se produjo el primer encuentro entre el hombre y el lobo. Ambos vivían en grupos, ambos eran cazadores, ambos eran sociables por naturaleza, ambos se necesitaban.
Los hombres tenían sus asentamientos y los lobos merodeaban en los alrededores. Un día decidieron ir a cazar juntos. La cosa funcionó perfectamente. Otro día volvieron a ir, y otro día más... Compartían lo que cazaban. Se sentía bien juntos, ambos disfrutaban de la vida social... Después, cada uno se quedaba en su casa.
...Y así pasaron años y años y más años. Cada vez se iban entendiendo más. Cuando iban a cazar cada uno cumplía su rol a la perfección. A veces no hacía falta más que... no digo mirarse... ni eso siquiera. Solamente sintiendo al otro que estaba allí ya sabía cada uno qué debía hacer, cuándo y cómo. Formaban un dúo perfecto.
Y así fue como hombre y lobo constituyeron un excelente equipo de trabajo. El más fuerte dominó sobre el más débil, pero no por prepotencia, sino por medio del compañerismo, la solidaridad y el entendimiento mutuo.
Y al fin algunos lobos comenzaron a vivir en el campamento con los hombres. Tal vez al comienzo, las mujeres adoptaron cachorros y los criaron, y jugaban junto con sus niños. Con el paso del tiempo, y mediante el amansamiento de los lobos que se criaban con los hombres, se produjo la domesticación. Tengamos en cuenta que un animal se puede amansar, pero la domesticación de una especie es un proceso genético que lleva años.
Tras la domesticación vino el compartir otras tareas, no sólo la cacería, sino también la vigilancia del hogar, el pastoreo y otros trabajos más. Algunos dicen que que se lo comenzó a llamar perro durante el trabajo. Los pastores llamaban a los canidos que cuidaban a las ovejas con el sonido prrr , y de ahí se cree que proviene la palabra perro. Creo que la metamorfosis de lobo a perro fue tan lenta y progresiva que no puede precisarse con exactitud.
Perro y lobo y pertenecen a la familia de los cánidos y casi todas las investigaciones coinciden en que uno proviene del otro. Hay ciertas razas de perros que tienen un parecido tal con el lobo que apenas podemos distinguirlos, como el caso del siberiano. Muchos comportamientos perrunos son exactos a los de los lobos. En su carácter y conducta social, no existen prácticamente diferencias.
Y volviendo al histórico encuentro... Lo que comenzó con una relación de conveniencia mutua, se convirtió luego en una sociedad de caza... hasta que por fin, el lobo transformado en perro, empezó a vivir en el campamento junto con el hombre. Dejó la manada de lobos y se integró a la familia humana. Dejó de ser un simple socio para transformarse en un amigo. Y la adaptación mutua fue tan profunda y verdadera que nació de ella una maravillosa historia de amor.
El amor que une al hombre y al perro se ha acentuado tanto con el tiempo, que hoy hablamos concretamente que nuestos perros son integrantes de nuestra familia con deberes y derechos como cada uno de los demás. Y así fueron surgiendo (y seguirán...) nuevos códigos de convivencia y respeto mutuo en pos de una vida mejor.
Miremos a los ojos a nuestro perro... Detengámonos un instante a reflexionar sobre su genética, sus antepasados, su historia celular, su venida al mundo y por fin a nuestro hogar. Comprendámoslo... El es diferente a nosotros, no es homo sapiens, es canis familiaris. El amor nace, crece y se profundiza cuando sabemos comprender y aceptar las diferencias. Amémoslo por lo que él es, así como él nos ama a nosotros, por lo que somos.
Y no olvidemos que Dios nos puso en este planeta con un mandato, la de tener autoridad sobre todo lo creado. Pero esa autoridad no debe ser autoritarismo, sino amor. El autoritarismo proviene del odio, el verdadero liderazgo es el que se genera desde el amor. Y el amor no daña a nadie, sino que bendice.
Cuidemos y amemos a nuestros perros como seres más débiles, no olvidemos que ellos dependen totalmente de nosotros. Somos los únicos que podemos proveerles para su subsistencia, y no me refiero sólo al alimento, al agua, al lugar abrigado para dormir, las vacunas y a la oportuna consulta veterinaria, sino a nuestra atención constante y amorosa. Recordemos que nosotros tenemos relaciones sociales, familiares, actividades fuera de casa, trabajo, proyectos... pero él... sólo nos tiene a nosotros.
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